Desperté de un gran blanco calidodulcesuaveenormeblanco con hambre aunque cargado de energía. Me extrañó ver en el suelo la sonda de complementos vitamínicos. Todo se explicó cuando entró Miasesino a la habitación con zumo de naranja, café y bollos. Traía también el correo: el informe que me había hecho llegar Nop-Thik y una nota. «¿La sonda vitamínica? Yo pensaba en rifles de francotiradores, algo más limpio?», le dije. «Vamos, habría sido sucio si hubiera jugado con la sonda anal. Aquí tienes el correo. No creo que te sirva de mucho el informe. Parece que te has quedado sin caso» Bebí de un trago el zumo y mientras buscaba el azúcar cogí el correo. Lancé a la mesa el informe y me quedé con la nota. La enviaba Katie Milestone, la chica que me había encargado encontrar a Natalie Week. Era una nota fría y corta en la que decía: “No se moleste en seguir buscando. Hablé por teléfono con Natalie esta tarde. Se encuentra bien. Ingresaré en su cuenta parte de lo acordado por las molestias. Gracias”
El dinero de un caso largo y complicado no me habría venido mal. De todas maneras decidí ir a ver a Katie para una despedida formal. Mi asesino me observaba y reía a veces, acariciándose el codo. Acabé el desayuno y encargué a Miasesino la limpieza del cuarto. Salí a la calle con la intención de caminar para desentumecer huesos y músculos y para diluir en tiempo el blanco, tan reciente.
Katie salió a recibirme, pero no me dejó entrar. Parecía algo confusa. Repitió el contenido de la nota casi palabra por palabra y cuando intenté preguntar algo se ofreció a aumentar la cantidad que ya debía haber ingresado en mi cuenta. Insistí y algo parecido al miedo asomó en su cara, así que acabé por despedirme. En lugar de volver a casa, estuve vigilando la puerta de su casa desde una posición que me permitía no ser visto. Rato después de haberme despedido, dos tipos vestidos de blanco llamaban a su puerta, uno de ellos con una maleta autoclavable de instrumental médico. Eran Ellos. Entraron. Salieron después de hora y media y yo dejé pasar otra hora antes de volver a mi oficina. Ya no había nada que hacer. Casi era una suerte haber perdido el caso.
Cuando llegué, estuve hojeando en informe, pero pronto me cansé. Lo metí en un cajón y me levanté a por una píldora de vitamina C. Me notaba algo débil, ya había pasado el efecto de la última dosis de V.I.D.A. Alguien llamó y salí a abrir. Una cara que me sonaba. De un hombre de unos 70 años. Que había vivido bien. Que se había cuidado. Que vestía un traje negro caro. «¿El señor Safari?», dijo esa cara. «Adelante», respondí.
Se sentó frente a mí, al otro lado de la mesa de despacho verde que tanto desconcertaba a los clientes. «Mi nombre es Charles Week. Mi hija, Natalie, ha desaparecido. ¿Podrá encontrarla?» Una mezcla de interés y asco me recorrió la espalda. Volvía a levantarme para cerrar la puerta y mientras pensaba qué decir abrí el cajón y cogí de él una píldora de V.I.D.A. que tragué inmediatamente. Volvía a tener caso.