Vamos...¡venga!. ¡Vamos a llegar tarde!
Anne les apremiaba con insistencia conservando, en todo momento, los buenos modales en los que había sido educada.
Finalmente, los chicos, dos mocosos de cinco y seis años, aparecerieron bajando las escaleras de dos en dos, ataviados con el uniforme de la escuela y una mochila tan grande como sus respectivos troncos armando un monumental jaleo. Aquellos dos torbellinos de tez blanca y pecosa y cabello color panocha se detuvieron, finalmente, en la entrada de la casa, justo donde les aguardaba su madre. El parecido de los hijos a la madre era más notorio en la niña, Christine que poseía su misma graciosa nariz respingona y la misma estructura facial. No obstante, Christine tenía el pelo recogido en dos coletas cortas mientras que su madre poseía una fabulosa melena lisa. Tebas, en cambio, era una calcomanía del padre exceptuando el color de la piel y del cabello: frente ancha, facciones rudas.
- ¡Ya estamos! - dijo el niño.
- ¡sí, ya estamos, mamá! - profirió la niña.
- Bueno, pues en ese caso...- haciéndoles cosquillas en los costados, mientras los niños se reían- ¡al coche!
miércoles, 31 de diciembre de 2008
El cuento de Norman. Parte 1: Norman
Norman recogió con delicadeza la polvorienta y, a todas luces, antigua libreta de anotaciones. Pasó la mano por la gruesa tapa que conformaba la portada y descubrió atónito un nombre. Un nombre que le resultaba familiar: Benjamin Aster Gray.
Aquella libreta había permanecido olvidada en el desván durante...¿cuántos años? ¿treinta? ¿cuarenta?.
El paso del tiempo había borrado de la memoria de Norman las facciones de su abuelo. Cayó en la cuenta de que no conservaba ninguna fotografía de él. Él era aún un crío cuando falleció así que lo consideró bastante normal. Sin embargo, lo que le resultaba más extraño es que no recordaba ninguna fotografía del abuelo en la casa de sus padres. ¿Qué raro? -se dijo asimismo- Atribuyó su extrañeza al olvido sin otorgarle mayor importancia y decidió adentrarse en el contenido de aquella libreta.
-¿Qué demonios..?-
Aquella libreta había permanecido olvidada en el desván durante...¿cuántos años? ¿treinta? ¿cuarenta?.
El paso del tiempo había borrado de la memoria de Norman las facciones de su abuelo. Cayó en la cuenta de que no conservaba ninguna fotografía de él. Él era aún un crío cuando falleció así que lo consideró bastante normal. Sin embargo, lo que le resultaba más extraño es que no recordaba ninguna fotografía del abuelo en la casa de sus padres. ¿Qué raro? -se dijo asimismo- Atribuyó su extrañeza al olvido sin otorgarle mayor importancia y decidió adentrarse en el contenido de aquella libreta.
-¿Qué demonios..?-
lunes, 22 de diciembre de 2008
Safari 1.2: Stubborn
18 y 22 de Diciembre de 2008
Al final huí. Me encargaron otro caso. No podía seguir viviendo así. De todas formas acepté, así que estuve buscando a aquel tipo durante dos semanas. Lo localicé en Cuba y volé hacia allí. Ese día era Malo y le robé el asiento de ventanilla a un meteorólogo que acabó por dormirse después de varios intentos de atravesar la línea recta de mi mirada al frente (había tomado una dosis de V.I.D.A. antes de subir al avión). Una terrible tormenta cruzó el atlántico con nosotros (yoestuvepensandoclaroquelatormentaeramíanomásbienerayosíyomis
moeralaputatormentaelúltimoencargomehabíadejadotocadoyademásha
cíayatiempoquenoveíaamiasesino).
El tipo resultó ser un bioinformático que había desarrollado una interfaz adecuada para la transmisión inalámbrica de biodatos por conexión directa con la médula espinal. Había patentado su invento, había formado una sociedad y se había largado con la pasta. Nos hicimos grandes compañeros de juergas por las tristes noches de las tristes calles de La Habana. Me ofreció más dinero del que me ofrecían Ellos y lo acepté. Pero debo ir con cuidado. Ellos saben. Saben mucho y vigilan. Me preocupé por conseguirle una nueva identidad. Borré su rastro. A la vuelta conté que lo había perdido y creo que desconfiaron un poco.
En mi apartamento me recibió una muchacha desnuda que no había visto nunca. Pensé: “El mundo empezará de nuevo en un documental sobre la Gran Depresión americana o en cualquier otra parte”. Pensé también en el velcro, en que es un material tan útil como estúpido, el zombi de los materiales, con esa manera tan obcecada de engancharse a un material complementario. Tomamos un par de pastillas de V.I.D.A y desperté solo en la cama con un ataque de ansiedad, desnudo, encogido, la boca y los ojos muy abiertos. El miedo me paralizó hasta que se encendió en el techo la pantalla de mi receptor. Era un mensaje de texto de Miasesino: «Te mataré». Ahora alguien llamaba a la puerta. Cogí mi arma y fui a abrir. Era una Tormenta.
Al final huí. Me encargaron otro caso. No podía seguir viviendo así. De todas formas acepté, así que estuve buscando a aquel tipo durante dos semanas. Lo localicé en Cuba y volé hacia allí. Ese día era Malo y le robé el asiento de ventanilla a un meteorólogo que acabó por dormirse después de varios intentos de atravesar la línea recta de mi mirada al frente (había tomado una dosis de V.I.D.A. antes de subir al avión). Una terrible tormenta cruzó el atlántico con nosotros (yoestuvepensandoclaroquelatormentaeramíanomásbienerayosíyomis
moeralaputatormentaelúltimoencargomehabíadejadotocadoyademásha
cíayatiempoquenoveíaamiasesino).
El tipo resultó ser un bioinformático que había desarrollado una interfaz adecuada para la transmisión inalámbrica de biodatos por conexión directa con la médula espinal. Había patentado su invento, había formado una sociedad y se había largado con la pasta. Nos hicimos grandes compañeros de juergas por las tristes noches de las tristes calles de La Habana. Me ofreció más dinero del que me ofrecían Ellos y lo acepté. Pero debo ir con cuidado. Ellos saben. Saben mucho y vigilan. Me preocupé por conseguirle una nueva identidad. Borré su rastro. A la vuelta conté que lo había perdido y creo que desconfiaron un poco.
En mi apartamento me recibió una muchacha desnuda que no había visto nunca. Pensé: “El mundo empezará de nuevo en un documental sobre la Gran Depresión americana o en cualquier otra parte”. Pensé también en el velcro, en que es un material tan útil como estúpido, el zombi de los materiales, con esa manera tan obcecada de engancharse a un material complementario. Tomamos un par de pastillas de V.I.D.A y desperté solo en la cama con un ataque de ansiedad, desnudo, encogido, la boca y los ojos muy abiertos. El miedo me paralizó hasta que se encendió en el techo la pantalla de mi receptor. Era un mensaje de texto de Miasesino: «Te mataré». Ahora alguien llamaba a la puerta. Cogí mi arma y fui a abrir. Era una Tormenta.
lunes, 8 de diciembre de 2008
Sur
El viento sopla con fuerza,
quejido flamenco sobre los pastos.
Las aves libres se esfuerzan por mantener el equilibrio.
Se doblan los trigales en vaivenes discontínuos.
La tierra se suspende en remolinos sobre el camino.
Caballos relinchan inquietos en cuadras con techos de uralita.
Miradas de tiempos pasados divisan el cielo
y recogen sus sillas de mimbre buscando el cobijo.
Se resguarda el gato del callejón y también el perro.
Todos temen al hijo de Hípotes.
Mas se puede observar una figura en el horizonte
Un bastón soportado por una mano de piel curtida,
un mantón en la cabeza.
Los marranos se apartan a su paso y gruñen.
Los guardianes de las cancelas le enseñan los colmillos y le ladran.
Resuenan chismes ensordecedores en el aire.
Cede un paso, apoyando la rodilla contra el suelo.
La arena daña sus ojos pero
el bastón es asido con fuerza.
Se levanta.
El del corazón roto transporta sus vientos,
su propio quejido flamenco.
BSO: "Disco Omega";
Canciones: "Ciudad sin sueño" ; "La Aurora de Nueva York"
Autores: "Enrique Morente & Lagartija Nick"
Año: 1996
quejido flamenco sobre los pastos.
Las aves libres se esfuerzan por mantener el equilibrio.
Se doblan los trigales en vaivenes discontínuos.
La tierra se suspende en remolinos sobre el camino.
Caballos relinchan inquietos en cuadras con techos de uralita.
Miradas de tiempos pasados divisan el cielo
y recogen sus sillas de mimbre buscando el cobijo.
Se resguarda el gato del callejón y también el perro.
Todos temen al hijo de Hípotes.
Mas se puede observar una figura en el horizonte
Un bastón soportado por una mano de piel curtida,
un mantón en la cabeza.
Los marranos se apartan a su paso y gruñen.
Los guardianes de las cancelas le enseñan los colmillos y le ladran.
Resuenan chismes ensordecedores en el aire.
Cede un paso, apoyando la rodilla contra el suelo.
La arena daña sus ojos pero
el bastón es asido con fuerza.
Se levanta.
El del corazón roto transporta sus vientos,
su propio quejido flamenco.
BSO: "Disco Omega";
Canciones: "Ciudad sin sueño" ; "La Aurora de Nueva York"
Autores: "Enrique Morente & Lagartija Nick"
Año: 1996
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