23 de febrero de 2008
El martes 5 de febrero aparecía en la sección “La Contra” de La Vanguardia, que por cierto, siempre leo antes de abrir el periódico y a veces incluso antes que la portada, una entrevista con Ismael Beah. Es un chico de 27 años, nacido en Sierra Leona, que vive en Nueva York y que publica “Un largo camino”, según La Vanguardia “sus memorias como niño soldado en Sierra Leona”. En la entrevista, con sus respuestas, el chico apunta las idea que supongo que aparecen en su libro. Se podría resumir con una de sus respuestas: “A los 12 años huí de los rebeldes y durante un año vi muerte y más muerte. A los 13 me reclutó el ejército gubernamental y maté y mutilé ininterrumpidamente. Ahora intento vivir mi vida en paz.” Aunque a menudo presenciamos actos de crueldad a nuestro alrededor, no estamos acostumbrados a esa crueldad física de la que habla Beah. Sabemos que existe, pero aún así cada vez que nos topamos con ella (en los media probablemente) nos sacude.
La historia acaba con el chico rehabilitado, viviendo en Nueva York y dando testimonio de su vida. Yo estuve durante unos días dándole vueltas al tema. Es morboso, por supuesto, pero sólo en parte. Opino que todos deberíamos saber de qué es capaz el ser humano. Para saber tanto quién puebla este planeta como quién vive en nuestro rellano. Para saber a qué enfrentarnos. La imaginación de un torturador puede ser muy retorcida y, aunque no se hable de ello abiertamente, todo el mundo sabe que en el mundo hay un montón de torturadores, profesionales o no. Éste chico vivió un infierno y ahora es capaz de enfrentarse a él. Seguro que no se librará de su pasado tan fácilmente. Verdugo y víctima a la vez, habiendo cometido actos atroces, no lo tiene nada fácil.
Aún tenía a Beah en la cabeza cuando, unos días después, parado en un semáforo, presencié algo. Un anciano llevaba a la que parecía su mujer en una silla de ruedas. La mujer parecía muy enferma. Mantenía su mirada fija en el horizonte. Pararon en el semáforo: estaba en rojo para los peatones. A su lado paró un hombre que llevaba cogido de la mano a un niño de unos tres o cuatro años. Parecía que lo hubiese recogido del colegio. El anciano soltó a silla y se puso a un lado de ella. Se inclinó para decir algo a su mujer mientras señalaba al niño y ella rió. Él la besó y la abrazó. Se puso en verde y el anciano tomó de nuevo los mandos de la silla y cruzaron. Ella se alejaba con una sonrisa.
B.S.O: Lagartija Nick “Val del Omar”
1 comentario:
Respirar y captar la esencia de lo cruel y de lo bello en esta maraña de obstáculos que nos hunden a diario cada vez un poco más; extraer el brazo, asomar el cuello y abrir la boca de nuevo es lo que nos mantiene firmes esta obsesión por sobrevivir que engrandece y envilece al ser humano por igual. Ser capaz de apreciarlo es algo que está al alcance de pocas personas. Enhorabuena y lo siento.
1 abrazo.
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