Llego tarde a casa debido a que, para comprar un limpiaparabrisas, he de esperar a que el que me atiende - un pardillo, pobre- que no tiene ni idea del funcionamiento del programa, se aclare. El pescado en el horno se ha mantenido a una temperatura aceptable. Lo sirvo en el plato y me siento en la mesa dispuesto a llenar el estómago después de una mañana estresante en el trabajo en la que no he podido ni desayunar. Un café, sólo eso hasta las 15:30h.
Así que, una vez sentado, comienzo a atender el programa informativo que está visionando mi progenitor, tumbado en el sofá debido a su enfermedad y a las ganas inevitables de echar una siestecita a estas horas de la tarde. Alguien ha muerto. Miles de personas mueren a diario y no salen en las noticias por lo que debe de tratarse de alguien relativamente importante. El afectado resulta ser un exmilitante del Partido Socialista que ha sido asesinado por ETA. Tres disparos por la espalda, mientras iba paseando junto con su mujer y su hija, han evitado que la vida de una familia continuara sumiéndose en la normalidad de cualquier vida familiar.
Enseguida, reacción política de Rajoy en la que venía a afirmar que, al margen de mantener la calma y guardar luto, podrían votarle a él para evitar estas catástrofes. ¡Fantástica declaración Don Mariano! - la política en este punto cada vez me da más asco-. Cambiamos de canal y enseguida pasamos a los documentales relajantes que siempre explican lo mismo. Un hecho triste, sin lugar a dudas...
Me pregunto a quién le importa el muerto, al margen de su familia y, creo que a nadie. Se montarán manifestaciones, en nada comparables a las que se montaron en su día por la muerte de Miguel Ángel Blanco, en las que las gentes no velarán al muerto: se manifestarán para reivindicar su derecho a vivir en paz sin que alguien les dispare por la espalda con un nombre serigrafiado en cada bala llamado ETA -por lo menos que el asesino tenga la decencia de ser un anónimo, que no haya nadie al que poder echarle la culpa que eso sí tiene cabida social- ; se manifestarán para mostrar su incorformismo: uno no se puede ir de este mundo de esta forma tan absurda; para echar su miedo fuera: ¿y si me ocurre a mi?. Entonces los que dicen solidarizarse, aplaudirán al muerto, darán el pésame a la familia y, un poco más tarde, cuando hayan pasado los minutos de rigor suficientes, tomarán un café en cualquier bar, disfrutarán de una película en algún cine de barrio, irán al gimnasio o visitarán cualquier McDonald's como quien cambia de canal, porque la vida sigue y tampoco conocían tanto al muerto.
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