Vamos...¡venga!. ¡Vamos a llegar tarde!
Anne les apremiaba con insistencia conservando, en todo momento, los buenos modales en los que había sido educada.
Finalmente, los chicos, dos mocosos de cinco y seis años, aparecerieron bajando las escaleras de dos en dos, ataviados con el uniforme de la escuela y una mochila tan grande como sus respectivos troncos armando un monumental jaleo. Aquellos dos torbellinos de tez blanca y pecosa y cabello color panocha se detuvieron, finalmente, en la entrada de la casa, justo donde les aguardaba su madre. El parecido de los hijos a la madre era más notorio en la niña, Christine que poseía su misma graciosa nariz respingona y la misma estructura facial. No obstante, Christine tenía el pelo recogido en dos coletas cortas mientras que su madre poseía una fabulosa melena lisa. Tebas, en cambio, era una calcomanía del padre exceptuando el color de la piel y del cabello: frente ancha, facciones rudas.
- ¡Ya estamos! - dijo el niño.
- ¡sí, ya estamos, mamá! - profirió la niña.
- Bueno, pues en ese caso...- haciéndoles cosquillas en los costados, mientras los niños se reían- ¡al coche!
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