CICLO SIN RETORNO
La muerte siempre presente en todas las cosas de la vida. Dicen que para sobrellevar la vida hay que acogerse a certezas; y yo pregunto: ¿qué certeza hay más grande que la muerte? No se puede vivir así.
Ciego y sucio por agujero inmundos que pueblan rincones y oscuridades de cualquier ciudad. Mirando las piedras que dejamos atrás en nuestro caminar, con el frío como único testigo de nuestra desnudez y desintegración, para fusionarnos con las baldosas que hay bajo nuestros pies.
Al levantar la vista y alzar la cabeza el color cambia y las piedras no pueden alcanzar lo que vemos sin caer irremediablemente.
Todo vuelve a su sitio, pero aún así el equilibrio entre el bien y el mal falla, ¿por dónde? No lo se. Igual que lo desconoce el niño que llora con cielo en su cabeza y piedras en los pies, envuelto en sabanas usadas por el semen de algún animal, mientras sueña con lanzar piedrecillas que nunca caigan ni se hundan en la inmensidad de las aguas que son mezcla de flujos masculinos y femeninos, allí donde nos bañamos, no sin asco, y donde renacemos con otro nombre y el mismo apellido, en otra época e igual de indefensos que siempre. Cometiendo los mismos eternos errores, peaje a pagar para vivir y finalmente morir.
Dobleces morfológicas, morales e intelectuales. Los farsantes son los únicos que sobreviven.
Buscando algo sin saber que es, ni donde buscar, con toneladas de impedimento en los bolsillos de nuestra piel más profunda, allí donde empezamos y que oculta el verdadero inicio de nuestra podredumbre. Allí donde todo se degrada y descompone para dar vida a otra existencia ajena y lícitamente integrada al ritmo de la vida. Dejando paso a la evolución sin sentido claro y definido, que nos confunde y genera infinitas preguntas lubricadas con lágrimas secas a causa de la vergüenza, nunca perdida del todo e infravalorada. Con ella sobrevivimos en un mundo de mascaras de impostura, que cuando Dios juega al ajedrez con nosotros pierde su identidad y su fuerza para dejar a la luz, por primera vez, el auténtico rostro, sin lavar ni pulir, mostrándose tal cual con ojos que miran asustados la nueva realidad que han de afrontar, sufriendo la erosión de la lluvia, el viento, el sol y el inexorable paso del tiempo, inventado cuando las mascaras formaban parte de una moda ya olvidada en mi sueño.
Gran ingenuidad, pero así son los sueños de ojos abiertos que no lloran para poder escribir las dobleces que la sórdida experiencia de vivir nos marca y arruga como un papel desechado que tiene como fin ir a parar a la basura generosa que todo lo acepta y nos espera como nueva fuente de materia para dejar y permitir vivir a los seres que son incapaces de escribir, defecto que les otorga el privilegio de existir y el merecimiento de hacerlo.
Esperad nuestra muerte, no tardará en llegar.
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