domingo, 18 de mayo de 2008

Aquel verano

Ni tan siquiera sabía cómo había llegado pero allí estaba, aferrado a dos pequeñas grietas abiertas sobre un material traslúcido de color verdoso. Miró hacia abajo; la caída resultaba, sin lugar a dudas, fatal. Echó un vistazo arriba y le pareció distinguir el fin de la ascensión. La distancia era considerable pero la cuerda a la que estaba unido el arnés mediante un Gri-Gri y un mosquetón parecía llegar hasta la cumbre. Había realizado escalada con anterioridad -aunque de forma ocasional- y recordaba la técnica a emplear. Se echó las manos atrás en busca de la bolsa de magnesio de forma casi desesperada y al hallarla sintió un ligero alivio. Tranquílizate- se decía así mismo- Da igual cómo hayas llegado. Estás aquí y punto. Hay que subirlo.
En realidad no entendía nada pero era consciente de que debía actuar. Debía llegar arriba y alcanzar el extremo de la cuerda para poder utilizarla y tener un mínimo de seguridad en la bajada. Sería, no obstante, la primera vez que lo intentaría él sólo y eso le daba respeto. La ascensión se le antojaba dura y, al no conocer las condiciones climatológicas, debía hacerla con la menor brevedad posible a fin de poder iniciar un descenso con garantías.
Se aferró a su fuerza de voluntad y comenzó a escalar a un ritmo alto realizando las pausas necesarias para no cansarse. Poco a poco fue visualizando el final más cerca; más y más cerca. Ahora la escalada se complicaba. Primero una pared horizontal; Después una pared curva y finalmente, otra también curva y casi idéntica a la anterior, completaban la ascensión. Llegó a la cumbre y, muy alejado de alegrarse como hubiera hecho en cualquier salida, comenzó a preocuparse.
El terreno que se abría a sus pies era plano. Parecía una superfície casi pulida. A su vista, una una franja de terreno estrecha tras la cual parecía haber un precipio considerable en forma circular. ¿En qué volcán estoy?-se preguntaba- pero algo no le cuadraba. Le había estado dando vueltas durante toda la ascensión. Se aproximó al precipio y se asomó. Lo que vió le dejó tan trastornado que tuvo que sentarse un momento. Pero...¿Y mi mujer? ¿y mi hijo? ¡Mi vida! ¡mi vida! -gritaba perplejo- ¡Sólo! ¡sólo para siempre! -profería- Sobrevivir, sobrevivir a cualquier precio -fue su primer pensamiento- ¡tengo que averiguar que está pasando!. Sin comida no tenía ninguna posibilidad en aquel paraje inhóspito. La verdad le sobrevino reveladora: ya no había nada por lo que preocuparse; libre, libre al fin -¿Cuánto tiempo hacía que no sentía esa sensación?-se preguntaba. Entonces recordó aquel día del mes de julio, Clara tenía el pelo rubio cortado a media a melena y llevaba un bañador rojo con una gran franja gris en el centro. Luis estaba negro, siempre se ponía muy moreno en verano; llevaba un bañador amarillo fluorescente y el torso al descubierto. Recordó cómo llegaron allí en bicicleta y que a él se le movía un diente. Sus amigos... ¿Qué edad tenían? ¿Ocho, Nueve, Diez años?. Clara no quería saltar al principio pero, al final, acabó saltando. Los rayos de Sol rebotaban en las gotas de agua que resbalaban por sus menudos cuerpos. Por aquel entonces ni tan siquiera conocía el significado de la palabra. Sólo sabía que todos la decían.
Se deshizo de su ropa quedando completamente desnudo. Echó su cuerpo unos pasos hacia atrás y avanzó corriendo hacia el precipicio. A cada paso el cosquilleo que le había aparecido en el estómago parecía más grande, más y más grande. Finalmente saltó. Al dejar de sentir el suelo bajo sus pies una sonrisa nerviosa se dibujó en su rostro y exclamó:

¡JEEEEROOOOOOONIIIIIIMOOOOOOOOOOO!

Seguro que al llegar un poquito antes de la mitad de la botella encontraría el agua fresquita y limpia.

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