jueves, 22 de mayo de 2008

Molinos y bastardos

20-21 de Mayo de 2008

De camino al trabajo paso por una zona residencial. Ya sabéis, esas zonas alejadas del centro de las ciudades, con algunas casas sueltas, otras adosadas y falta de servicios básicos como bares y supermercados. Pues por donde yo paso hay una casa que destaca entre las demás por su aspecto. Es de planta cuadrada, con dos pequeños torreones a cada extremo de la fachada. Frente a ella, un muro la separa de la acera hasta la altura del pecho, extendido en altura por una reja hasta complicar el allanamiento. En el exterior, entre la propia casa y el muro, hay, a la vista, una jardinera hecha de bidones metálicos con patas, sembrada con flores de plástico y con algunas plantas de verdad. Si la jardinera se encuentra a lo largo de la fachada, de un extremo al otro, en todo el lateral izquierdo de la casa, hay un pequeño huerto con algún árbol frutal, todo bastante descuidado. Ya en el muro, la reja queda interrumpida por una especie de puerta o reja metálica doble, con un habitáculo hexagonal entre los dos umbrales de entrada o salida. Nunca he entendido cómo debe funcionar. Esta puerta-reja metálica está flanqueada por dos pilares que llegan a la altura del resto de la reja. Sobre ellos, hace poco que el que habita la casa (su dueño, supongo), ha colocado dos molinos de viento hechos en escayola y con aspas metálicas que giran cómodamente con la brisa.

A mi me parece todo un poco cutre. Como cuando alguien con mal gusto intenta ser original. A menudo hay cosas en el “jardín” durante días o semanas. Un mueble viejo, un zapato, un saco de arena, una herramienta o unas baldosas. Incluso creo haber visto una vez una muñeca rota tirada en el suelo. Alguna vez, a través de la puerta entreabierta he visto la decoración del interior: paredes a rebosar de cuadros y muebles años ochenta. El conjunto es un poco estrambótico y, repito, de mal gusto. Aunque es mi opinión, he podido comprobar que a todo el mundo con quien he comentado el tema le parece una casa rara. Así que parece que está claro: destaca. Y destacar es un problema. Atraer las miradas de los demás te convierte automáticamente en víctima en potencia. De lo que sea, pero víctima. Cuando alguien no sepa hacia qué o hacia quién disparar, procurad estar lejos si antes se fijó en vosotros.

Y a lo que iba. El otro día, al pasar por la casa rara, vi en el suelo uno de los horribles molinos de escayola. Alguien lo había roto. No hubiera pensado nunca que me sentiría tan mal por algo así. Me puso triste y, al rato también indignado, para acabar además furioso para el resto del día. Vaya un mundo de capullos. De nuevo, alguien paga el precio por ser diferente. El molino era feo con ganas. Pero quién lo hizo y lo colocó a la entrada de su casa es alguien que da un toque de color en un barrio de casas adosadas de ladrillo y de bloques de dos pisos blancos y fríos, helados. Con la de cosas que se me ocurren cuando pienso en actos vandálicos. ¿Lo habrían intentado también con una casa firmada por algún arquitecto famoso? Ser (o ir de) diferente u original puede ser una afrenta en muchos de los ámbitos en los que uno tiene que relacionarse con un grupo de personas. Porque eso es lo que conviene. Uniformidad. Adocenamiento. No sobresalir. ¿Quién gana algo con ello? Supongo que en las cocinas-laboratorio del consumismo se guisan las bases de lo que acaba considerándose normal. Pero también la los Señores de las Poltronas interesan las pautas de comportamiento uniforme. Poder predecir el comportamiento de grupos de personas les da una pequeña ventaja sobre nosotros. Por supuesto, en general también nos dejamos arrastrar por una corriente suave y fácil. Y lo hacemos, en parte, porque no nos vemos solos y eso nos da seguridad. Pero a veces he notado la furia (otras veces la burla) de algunos Fanáticos de la Corriente. Cretinos. Prefiero los molinos de escayola.

B.S.O: Fantasma #3 “Los Amores Ridículos”

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