Ann esperó hasta el cierre de puertas; muchas madres hacían lo mismo. Les habían dicho, no obstante, que era mejor retirarse antes del cierre pues los niños manifestaban cierta inquietud durante la formación de las filas: un síntoma de la inseguridad que les suponía la separación del referente paternal. Como consecuencia, muchos infantes expresaban comportamientos distractivos, agresividad e incluso ansiedad. Miró hacia las filas en las que se encontraban sus pequeños y se despidió de ellos agitando el brazo en alto.
Ann se dirigió al coche, un SAAB Sport Sedán del 93 de color negro, que había dejado aparcado en doble fila con las luces de emergencia. Activó el mando a distancia permitiendo que las puertas automáticas se abrieran y, depositando su chaqueta en el asiento del acompañante, se introdujo en el coche. Desactivó el "warning", pisó el embrague, giró la llave y el motor comenzó a emitir una melodía casi silenciosa; encendió la radio con su emisora favorita sintonizada, bajó el freno de mano y puso en movimiento el vehículo.
Tras veinte minutos de recorrido llegó a casa; introdujo su dedo índice en el lector de huellas digitales que se encontraba justo delante del gran portón metálico de entrada y, tras la verificación, que se producía en apenas dos breves segundos, el portón comenzó a abrirse. Una vez recorridos los cincuenta y siete metros que separaban la entrada de la casa, detuvo el vehículo y, sin dejar de sujetar el volante, se echó a llorar.
1 comentario:
Muy bueno el contraste entre el bienestar material y el malestar espiritual, sí señor.
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